El tramo cubría en su totalidad la superficie del lago Krosvi en las cercanías de Kathu. Las aguas mansas soportaban todo el peso de la máquina que avanzaba lenta sobre unos rieles de hielo. El último vagón derretía la vía a su paso. No dejaba rastro ni recuerdos mientras se perdía a lo lejos. Solo un vagón estaba iluminado y nadie estaba en control del tren.
Olga, en trance, y recostada en un butacón veía pasar su vida como una película. Tres horas antes había sido asesinada por su amante quién le atravesó el corazón con una daga de plata. No entendía como era posible que estuviera rumbo a su destino final, cuando se suponía que era inmortal.
A los catorce años se había perdido en un bosque. Luego de horas dando vueltas en el mismo lugar comenzó a rezar por un milagro. Las horas pasaban, nada sucedía. En un momento de desesperación se olvidó de Dios y pidió ayuda al mismo diablo. No tardó mucho tiempo cuando se encontró de pronto con un figura humana que tenía dos cabezas de león y las piernas cubiertas de mortajas. Llevaba una espada y telepáticamente le confesó llamarse Nergal. Cuando la miró a los ojos la paralizó. Desde ese momento sólo pudo seguir instrucciones. En un instante fue violada y se le prometió vida eterna. Ya el daño estaba hecho y la perpetuidad vino acompañada con una oferta de no sufrir. Todo sucedió sin mediar su opinión. Solo vivió la experiencia.
Manuel, 5 años menor que ella, llegó a su vida como llega todo desconocido, sin esperarlo. Y como está dispuesto en el libro de las desdichas muy pronto congeniaron. No vale la pena ir sobre la historia romántica, pues no la hubo, fue una situación intrigante donde el victimario conoce a su víctima y cuaja el suceso final. No hay casualidad en el asunto, solo el fluir natural donde el bien vence al mal, pues así tiene que ser; por lo menos en esta época está dispuesto así.
La estocada fue limpia y sin resistencia alguna. Entró hasta el cabo. El blanco perfecto, el ventrículo izquierdo, al reventar negó el flujo normal de la pócima de vida que estaba en turno para desertar por la aorta. No hubo oportunidad a otro latido, quedando todo absorto. La daga sirvió de llave para abrirle las puertas a doña muerte, que como siempre entró sin pedir permiso y reclamó lo suyo.
Ahora sin explicaciones ni llantos Olga iba rumbo a su destino. No tenía idea de lo que se avecinaba, realmente irrelevante el caso, estaba muerta y sin esperanza alguna de que el bien rompiera el conjuro que sin pedirlo le sucedió. La película de su vida transcurrió frente a unos ojos vacantes. El humor vitro aprovechó la ocasión escapándose dejando vacíos los dos globos oculares. En su fuga se llevó consigo toda su memoria visual previa a la violación, quedando sólo en su tejido cerebral un recuerdo implantado, falso e ineficiente que le costó la muerte.
El tren avanzaba y en su mente volvió a ver a Nergal. Le reclamó por haberla dejado ultimar, recriminó su mentira. Nergal con una carcajada gutural le dijo que esa era la naturaleza demoníaca; El engaño, la mentira. Sintió un mal olor, era nauseabundo, desagradable. Aunque abrió sus párpados no veía. Los globos oculares estaban estirados y guindaban casi llegándoles al tabique nasal. Nergal le hizo entender que estaba muerta para el mundo natural, pero que pronto estaría en el inframundo. En ese momento comprendió que había muerto el día en que fue violada.
El tren avanzaba y Nergal siguió presente. En su estado de muerte no se atrevía pensar, pues pensar infería comunicar. Pero no podía evitarlo. Ya agotada pensó en su segunda muerte, le rogó que la dejara descansar, su petición fue negada. Tenía que llegar a su destino y responder por el llamado que hizo aquella tarde en el bosque. Los policías del infierno moraban el vagón asegurándose que su estado de muerta conciente permaneciera hasta ser presentada al consejo del mal. Aunque la fila de espera era larga había toda una eternidad por delante para el proceso. No era momentos para prisa, después de todo ya había muerto dos veces.
Sunday, March 25, 2007
Saturday, March 24, 2007
Mi nombre es Jacinto Valle
Mi nombre es Jacinto Valle y soy caminero. Por los últimos treinta y dos años trabajé cortando el pasto que trataba de cubrir el borde de la vieja carretera que va desde Carolina a Río Piedras pero yo no lo dejé. Son siete millas exactas de bitumul de un solo carril y a ambos lados árboles de todas clases que dan sombra. Tenía yo veinte años cuando mi tío Juancho me consiguió el trabajo. Recuerdo que nos presentamos ante Don Orozco, alcalde del pueblo, que luego de estrecharnos las manos nos advirtió bien claro; esta carretera es la cara del pueblo de ustedes depende luzca limpia en todo momento. Éramos dos, Pelayo y yo, nos entregó un sombrero de alas anchas hecho en paja, un machete de los largos y un limatón. El sueldo comenzó en $1.25 por día y había que trabajar 8 horas con una hora de almuerzo. Lo único que nos ofrecían de beneficio era agua que repartía un camión a todos los camineros del pueblo. Yo me armé de un termo viejo que llenaba de café negro cosa de mantenerme despierto. Pedro el capataz nos dijo como trabajar. Pelayo vendría cortando desde Río Piedras y yo empezaría a cortar desde Carolina. Cuando cada uno llegaba al final de la carretera ya el pasto había crecido en ambos lados y había que cortarlo de nuevo. Pedro lo dijo claro, “mientras halla sol y lluvia ustedes comen”, no entendí lo que quiso decir pero luego de viejo le daba gracias a Dios por la hierba mala, pues era la que ponía el arroz y habichuelas en mi casa. A veces le cantaba, hasta le cogía pena a alguna que nacía nueva y la dejaba pasar.
Había 500 árboles, doscientos cincuenta a cada lado, la mitad flamboyanes que se vestían de rojo al comenzar la primavera y albergaban unos pajaritos que no sé como se llamaban pero que cantaban bonito. Eran mis compañeros a la hora de almuerzo y les gustaba el pan de agua. Algo pasó pues después que abrieron la planta eléctrica del comandante desaparecieron y más nunca los volví a ver.
Chongo era un caballo viejo que pastaba de mi lado, cuando me acercaba al área relinchaba y venía a visitarme, era el momento que descansaba, en ese mismito lugar, no porque chongo estuviera ahí, pero había una peña donde me sentaba. Si Pelayo estaba cerca significaba que andábamos en tiempo, era como la mitad del camino. Al principio era fácil dos o tres carretas, caballos, gente a pie y la Cubanita, una guagua a lo mejor de un cubano que cobraba cinco centavos por llevarte de Carolina a Río Piedras y de Río Piedras a Carolina. El chofer Manolín sonaba el claxon que sonaba como una trompeta c cuando nos pasaba por el lado. No tenía nada que hacer pues la guagua casi siempre viajaba vacía. Del lado de Pelayo pastaban las vacas de Don Jesús, de esas blancas con manchas negras o a lo mejor negras con manchas blancas esas no hacían ni caso. Yo pensé “¿serán sordas? pues nada las molestaba. Un día Pelayo me confesó que Don Jesús las traía de los Estados Unidos y no respondían porque no hablaban español. Yo la verdad luego de estudiarlas por tantos años, llegué a la conclusión de que es el animal más inteligente. Digo esto pues nada les molesta y a nadie le hacen caso. Una vez cuando ya transitaban carros por la carretera y la gente que los guiaba no sabían manejarlos, ahí mismito a la altura de la peña del chongo, se estrelló uno que venía como alma que lleva el diablo, el chofer salió disparao del carro cayendo muertecito al lado de una vaca, esta ni se asustó, lo miró, sacó una lengua largísima y juro por mi madre que le dio como una voltereta a un manojo de pasto y se lo tragó.
Tenía que pasar una muerte para yo ver por primera vez una lengua de vaca y como enrollaban el pasto para comérselo. No le digo, esta carretera vieja me ha enseñado tantas cosas. Ahora la quieren cerrar y que para hacer una autopista de esas de concreto. Aquí está mi vida y Pedro tenía razón, treinta y dos años he vivido de esta vía y ahora amenazan con desterrarme. Con el sudor de mi frente ahorré mi dinerito, me casé con María del Carmen la hija de Don Silverio quién me parió seis muchachos. Los primeros tres se murieron de empache, el cuarto me salió bandido y se embarcó para los niuyores donde murió preso en la cárcel de Sin-Sin, yo creo que murió por no hablar el chino. Ahora eso sí las dos pequeñas Ana Luisa esa se hizo abogada y María Teresa maestra. Yo sé que Ana Luisa la han metido presa como cinco veces, pero no es porque salió a su hermano, es porque desde que se graduó le dio con defender a los pobres, es más, yo creo que trabaja de gratis, porque casi todas las noches viene a comerse sus verduritas a mi batey. La gente del barrio viene y hablan con ella, yo la observo que toma nota en una libreta larga de páginas amarillas, digo que trabaja de gratis pues solo le pagan con apretones de manos y abrazos. Una que otra vieja se le arreguinda al cuello y empiezan a llorar y ella siempre tiene una voz de aliento. Me da pena con ella pero no me meto, eso es asuntos de abogados. No niego que se me hincha el pecho cuando algunos me paran y me dicen que mi hija la abogada es una mujer bragá, ¡imagínense si hubiera sido varón! Quiere que nos mudemos al pueblo pero allí yo no tengo nada que buscar. Desde que Pelayo murió yo conozco más del pueblo que ningún otro, es más conozco de los dos pueblos aunque vivo en el barrio Barrazas de Carolina.
Esta carretera es mi vida y según dice mi hija, la abogada, la van a cerrar. Quiere que deje de trabajar pero yo no puedo, más ahora que María del Carmen tiene la sangre dulce y le quieren cortar una pierna, yo me siento un poco desesperao pero tiene que haber una solución. La maldita política es lo que ha venido a dañar este pueblo. Antes lo que había que hacer era ponerse listo. Cuando llegaban los nacionalistas te sentabas los escuchabas y sabías que la mitad de lo que te decían eran embustes, de las promesas ni pensarlo pues ninguna cumplían. Los demócratas eran peores pues todo lo que decían eran mentiras.
Lo que había que hacer era coger lo que te dieran. Yo sé que Mario, el de la cuesta del río, dice que compró la única nevera del barrio, pero las malas lenguas dicen que un camión del municipio la trajo en altas horas de la noche. Bueno, yo no me quejo pues bastante yo he mamao de la misma teta. El sistema te corrompe, dijo Muñoz en el último mitin que lo escuché. Lo que corrompe es estar comiendo funche toda la vida, trabajando como un perro, esperando que se cumplan las promesas. Lo que corrompe es ver a tus tres hijos morir de empache porque en el hospital del pueblo no había ni pestobismol y el suero lo usaron para endulzar el café. Yo he chupao del municipio, pero he trabajao por treinta y dos años, lo que me he ganado es a fuerza de machete, sudando la gota gorda, doblando el lomo y no para recoger si no para cortar y botar. He visto cinco accidentes fatales, totalizan doce muertos, incluyendo al que cayó al lado de la vaca. Una vez llegando a la altura del kilómetro dos encontré un cuerpo amarrao con sogas y tenía un boquete en la cabeza, luego me enteré que le metieron un tiro en la chola. No ha sido fácil mi trabajo y ahora quieren cerrar la carretera vieja. Ya sé de antemano que en la autopista no pueden trabajar camineros, van a traer unos tractores con una cosa que pica el pasto yo no tengo ni idea de lo que es, pero me importa tres carajos, ahora que necesito me quieren hechar. Anita me dice que no me preocupe que ella gana lo suficiente para cubrir con los gastos. Pero que se cree, yo no soy como esos que hay por ahí que se hacen llamar hombres y lo único que hacen es darse el trago en las barras, preñar mujeres para luego dejarlas, viviendo del cuento, haciéndose los locos para que los mantengan. Nunca he faltado al trabajo, ¡nunca! Cuando lo del huracán hasta en la defensa civil me metí de voluntario y, cuando la guardia nacional dio el permiso trabajé a doble tiempo para hacer la carretera transitable, hasta en los periódicos salió mi nombre.
¡Jacinto Valle abre paso! La única vez en mi vida que me puse una guayabera fue para recoger un papel que me dio el municipio la noche de coronación de la reina en unas fiestas patronales. No era el único pero estaba allí. Era la primera vez que bajaba al pueblo a unas fiestas, yo, que no tenía tiempo de ir ni a misa.
La gente no comprende que cuando tú te comprometes con tu mujer, tus hijos y con tu trabajo es como un juramento de sangre. Así me lo enseñó mi viejo. Cuando te haces hombres se acabó el hay bendito y hay que comportarse como tal. Esa es la rabia que tengo porque parece ser que estos señores de la política lo único que hacen es hablar y hablar, no hacen ni solucionan nada. Y decirme a mí que es tiempo de retirarme, ¿y de que voy a vivir? Venir a ofrecerme un trabajo de jardinero en la casa del alcalde cuando yo de flores no sé nada. ¡Yo soy caminero! lo mió es la hierba mala. Yo soy esclavo de las horas, pero caminando la carretera vieja de arriba a bajo me siento libre, pienso lo que quiera, no tengo un jefe detrás de mí, díganme ¿qué jefe aguanta con el lomo doblao dando machete? Confieso que aunque soy un hombre libre, de buenas costumbres y además tranquilo, pero hubo veces, principalmente cuando se murió el último nene, que tiraba el golpe de machete con ganas, a veces pensaba que era el cuello del doctor, del alcalde, del gobernador, hasta del cura que me dijo luego del entierro que esas cosas pasaban porque Dios las quería así. ¡Qué Dios ni Dios! ¿Dónde estaba Dios la vez que no hubo dinero en el municipio para pagarnos y las nenas estaban chiquitas y estuvieron una samana a son de agua con azúcar? Y la vez que Ramón se salio de la escuela por bochorno porque no tenia zapatos y tenía que ir descalzo a la escuela.
Todavía me acuerdo cuando llegaba de noche y él como de nueve añitos cogía el machete para amolarlo, ¡coño era mi único hijo varón! Recuerdo cuando lo mandaba a buscar agua al río y no podía cargarla me preguntaba cuando iba a ser tan fuerte como yo. La culpa fue mía pues al terminar la escuela elemental lo hice seguir estudiando. Era el único de la familia que había llegado a la escuela intermedia. Me acuerdo la noche que llegué y llorando me dijo que no quería ir más a la escuela, esa fue la única vez que lo regañé no sé que paso después de eso. Lo único que sé que cambió, era como una rabia que tenía por dentro. Salió de pobre y se largó. Nunca lo volví a ver ni después de muerto. A veces en verano cuando el calor arreciaba fuerte le veía venir caminando por la carretera. Soñaba que llegaba y me abrazaba. Muchas veces sentado en la peña del chongo lloré pensando en él. Esos eran los días que más avanzaba. Me levantaba con furia y daba cortes que arrancaba el pasto de raíz. Digo yo esta carretera es mi vida, secretos que nadie sabía hasta ahora, sí he llorado muchas veces, pero los hombres no lloran enfrente a otros hombres. Uno llora en el llano, en la montaña, en el río. Uno habla solo, no sólo los locos hablan solos, los hombres que no tienen Dios ni amo hablan solos. Hay que hablar solo pues nadie te entiende. La gente se pasa hablando pendejas de gallo bolo y perdiendo el tiempo en cosas que no importan. Techo, comida y trabajo eso es lo único que importa. Hay que conocer donde estás parao, en donde pisan tus botas, qué diablos respiras. Coño, bien lo decía mi viejo; el ser hombre es el trabajo más duro. Lo único más importante que el sacrificio por tu trabajo y el amor por tu familia es la tierra donde tu madre te parió. Esa misma tierra que ahora la crucifican con latigazos de concreto que perduran por siempre quitándonos lo más básico, el derecho de vivir.
Había 500 árboles, doscientos cincuenta a cada lado, la mitad flamboyanes que se vestían de rojo al comenzar la primavera y albergaban unos pajaritos que no sé como se llamaban pero que cantaban bonito. Eran mis compañeros a la hora de almuerzo y les gustaba el pan de agua. Algo pasó pues después que abrieron la planta eléctrica del comandante desaparecieron y más nunca los volví a ver.
Chongo era un caballo viejo que pastaba de mi lado, cuando me acercaba al área relinchaba y venía a visitarme, era el momento que descansaba, en ese mismito lugar, no porque chongo estuviera ahí, pero había una peña donde me sentaba. Si Pelayo estaba cerca significaba que andábamos en tiempo, era como la mitad del camino. Al principio era fácil dos o tres carretas, caballos, gente a pie y la Cubanita, una guagua a lo mejor de un cubano que cobraba cinco centavos por llevarte de Carolina a Río Piedras y de Río Piedras a Carolina. El chofer Manolín sonaba el claxon que sonaba como una trompeta c cuando nos pasaba por el lado. No tenía nada que hacer pues la guagua casi siempre viajaba vacía. Del lado de Pelayo pastaban las vacas de Don Jesús, de esas blancas con manchas negras o a lo mejor negras con manchas blancas esas no hacían ni caso. Yo pensé “¿serán sordas? pues nada las molestaba. Un día Pelayo me confesó que Don Jesús las traía de los Estados Unidos y no respondían porque no hablaban español. Yo la verdad luego de estudiarlas por tantos años, llegué a la conclusión de que es el animal más inteligente. Digo esto pues nada les molesta y a nadie le hacen caso. Una vez cuando ya transitaban carros por la carretera y la gente que los guiaba no sabían manejarlos, ahí mismito a la altura de la peña del chongo, se estrelló uno que venía como alma que lleva el diablo, el chofer salió disparao del carro cayendo muertecito al lado de una vaca, esta ni se asustó, lo miró, sacó una lengua largísima y juro por mi madre que le dio como una voltereta a un manojo de pasto y se lo tragó.
Tenía que pasar una muerte para yo ver por primera vez una lengua de vaca y como enrollaban el pasto para comérselo. No le digo, esta carretera vieja me ha enseñado tantas cosas. Ahora la quieren cerrar y que para hacer una autopista de esas de concreto. Aquí está mi vida y Pedro tenía razón, treinta y dos años he vivido de esta vía y ahora amenazan con desterrarme. Con el sudor de mi frente ahorré mi dinerito, me casé con María del Carmen la hija de Don Silverio quién me parió seis muchachos. Los primeros tres se murieron de empache, el cuarto me salió bandido y se embarcó para los niuyores donde murió preso en la cárcel de Sin-Sin, yo creo que murió por no hablar el chino. Ahora eso sí las dos pequeñas Ana Luisa esa se hizo abogada y María Teresa maestra. Yo sé que Ana Luisa la han metido presa como cinco veces, pero no es porque salió a su hermano, es porque desde que se graduó le dio con defender a los pobres, es más, yo creo que trabaja de gratis, porque casi todas las noches viene a comerse sus verduritas a mi batey. La gente del barrio viene y hablan con ella, yo la observo que toma nota en una libreta larga de páginas amarillas, digo que trabaja de gratis pues solo le pagan con apretones de manos y abrazos. Una que otra vieja se le arreguinda al cuello y empiezan a llorar y ella siempre tiene una voz de aliento. Me da pena con ella pero no me meto, eso es asuntos de abogados. No niego que se me hincha el pecho cuando algunos me paran y me dicen que mi hija la abogada es una mujer bragá, ¡imagínense si hubiera sido varón! Quiere que nos mudemos al pueblo pero allí yo no tengo nada que buscar. Desde que Pelayo murió yo conozco más del pueblo que ningún otro, es más conozco de los dos pueblos aunque vivo en el barrio Barrazas de Carolina.
Esta carretera es mi vida y según dice mi hija, la abogada, la van a cerrar. Quiere que deje de trabajar pero yo no puedo, más ahora que María del Carmen tiene la sangre dulce y le quieren cortar una pierna, yo me siento un poco desesperao pero tiene que haber una solución. La maldita política es lo que ha venido a dañar este pueblo. Antes lo que había que hacer era ponerse listo. Cuando llegaban los nacionalistas te sentabas los escuchabas y sabías que la mitad de lo que te decían eran embustes, de las promesas ni pensarlo pues ninguna cumplían. Los demócratas eran peores pues todo lo que decían eran mentiras.
Lo que había que hacer era coger lo que te dieran. Yo sé que Mario, el de la cuesta del río, dice que compró la única nevera del barrio, pero las malas lenguas dicen que un camión del municipio la trajo en altas horas de la noche. Bueno, yo no me quejo pues bastante yo he mamao de la misma teta. El sistema te corrompe, dijo Muñoz en el último mitin que lo escuché. Lo que corrompe es estar comiendo funche toda la vida, trabajando como un perro, esperando que se cumplan las promesas. Lo que corrompe es ver a tus tres hijos morir de empache porque en el hospital del pueblo no había ni pestobismol y el suero lo usaron para endulzar el café. Yo he chupao del municipio, pero he trabajao por treinta y dos años, lo que me he ganado es a fuerza de machete, sudando la gota gorda, doblando el lomo y no para recoger si no para cortar y botar. He visto cinco accidentes fatales, totalizan doce muertos, incluyendo al que cayó al lado de la vaca. Una vez llegando a la altura del kilómetro dos encontré un cuerpo amarrao con sogas y tenía un boquete en la cabeza, luego me enteré que le metieron un tiro en la chola. No ha sido fácil mi trabajo y ahora quieren cerrar la carretera vieja. Ya sé de antemano que en la autopista no pueden trabajar camineros, van a traer unos tractores con una cosa que pica el pasto yo no tengo ni idea de lo que es, pero me importa tres carajos, ahora que necesito me quieren hechar. Anita me dice que no me preocupe que ella gana lo suficiente para cubrir con los gastos. Pero que se cree, yo no soy como esos que hay por ahí que se hacen llamar hombres y lo único que hacen es darse el trago en las barras, preñar mujeres para luego dejarlas, viviendo del cuento, haciéndose los locos para que los mantengan. Nunca he faltado al trabajo, ¡nunca! Cuando lo del huracán hasta en la defensa civil me metí de voluntario y, cuando la guardia nacional dio el permiso trabajé a doble tiempo para hacer la carretera transitable, hasta en los periódicos salió mi nombre.
¡Jacinto Valle abre paso! La única vez en mi vida que me puse una guayabera fue para recoger un papel que me dio el municipio la noche de coronación de la reina en unas fiestas patronales. No era el único pero estaba allí. Era la primera vez que bajaba al pueblo a unas fiestas, yo, que no tenía tiempo de ir ni a misa.
La gente no comprende que cuando tú te comprometes con tu mujer, tus hijos y con tu trabajo es como un juramento de sangre. Así me lo enseñó mi viejo. Cuando te haces hombres se acabó el hay bendito y hay que comportarse como tal. Esa es la rabia que tengo porque parece ser que estos señores de la política lo único que hacen es hablar y hablar, no hacen ni solucionan nada. Y decirme a mí que es tiempo de retirarme, ¿y de que voy a vivir? Venir a ofrecerme un trabajo de jardinero en la casa del alcalde cuando yo de flores no sé nada. ¡Yo soy caminero! lo mió es la hierba mala. Yo soy esclavo de las horas, pero caminando la carretera vieja de arriba a bajo me siento libre, pienso lo que quiera, no tengo un jefe detrás de mí, díganme ¿qué jefe aguanta con el lomo doblao dando machete? Confieso que aunque soy un hombre libre, de buenas costumbres y además tranquilo, pero hubo veces, principalmente cuando se murió el último nene, que tiraba el golpe de machete con ganas, a veces pensaba que era el cuello del doctor, del alcalde, del gobernador, hasta del cura que me dijo luego del entierro que esas cosas pasaban porque Dios las quería así. ¡Qué Dios ni Dios! ¿Dónde estaba Dios la vez que no hubo dinero en el municipio para pagarnos y las nenas estaban chiquitas y estuvieron una samana a son de agua con azúcar? Y la vez que Ramón se salio de la escuela por bochorno porque no tenia zapatos y tenía que ir descalzo a la escuela.
Todavía me acuerdo cuando llegaba de noche y él como de nueve añitos cogía el machete para amolarlo, ¡coño era mi único hijo varón! Recuerdo cuando lo mandaba a buscar agua al río y no podía cargarla me preguntaba cuando iba a ser tan fuerte como yo. La culpa fue mía pues al terminar la escuela elemental lo hice seguir estudiando. Era el único de la familia que había llegado a la escuela intermedia. Me acuerdo la noche que llegué y llorando me dijo que no quería ir más a la escuela, esa fue la única vez que lo regañé no sé que paso después de eso. Lo único que sé que cambió, era como una rabia que tenía por dentro. Salió de pobre y se largó. Nunca lo volví a ver ni después de muerto. A veces en verano cuando el calor arreciaba fuerte le veía venir caminando por la carretera. Soñaba que llegaba y me abrazaba. Muchas veces sentado en la peña del chongo lloré pensando en él. Esos eran los días que más avanzaba. Me levantaba con furia y daba cortes que arrancaba el pasto de raíz. Digo yo esta carretera es mi vida, secretos que nadie sabía hasta ahora, sí he llorado muchas veces, pero los hombres no lloran enfrente a otros hombres. Uno llora en el llano, en la montaña, en el río. Uno habla solo, no sólo los locos hablan solos, los hombres que no tienen Dios ni amo hablan solos. Hay que hablar solo pues nadie te entiende. La gente se pasa hablando pendejas de gallo bolo y perdiendo el tiempo en cosas que no importan. Techo, comida y trabajo eso es lo único que importa. Hay que conocer donde estás parao, en donde pisan tus botas, qué diablos respiras. Coño, bien lo decía mi viejo; el ser hombre es el trabajo más duro. Lo único más importante que el sacrificio por tu trabajo y el amor por tu familia es la tierra donde tu madre te parió. Esa misma tierra que ahora la crucifican con latigazos de concreto que perduran por siempre quitándonos lo más básico, el derecho de vivir.
Comienzo
marzo 24, 2007
Fueron muchos los papeles arrugados que volaron como trapecistas al cesto de la basura. Como todo al principio, nada tenía sentido. Cómo comenzar a escribir, razgar el primer folio, el folio uno; el mismo que se burla en tu cara desafiante, esperando ser tatuado en carbón o tinta, buscando retener para siempre, o por lo menos mientras no sea destruido, esa idea que escapó de la cárcel osea que rodea tu mente. Como folio no tiene más remedio que soportarlo todo, a veces como el pobre que está en espera de lo que sea; lo que venga como quiera es ganancia.
Antón
Fueron muchos los papeles arrugados que volaron como trapecistas al cesto de la basura. Como todo al principio, nada tenía sentido. Cómo comenzar a escribir, razgar el primer folio, el folio uno; el mismo que se burla en tu cara desafiante, esperando ser tatuado en carbón o tinta, buscando retener para siempre, o por lo menos mientras no sea destruido, esa idea que escapó de la cárcel osea que rodea tu mente. Como folio no tiene más remedio que soportarlo todo, a veces como el pobre que está en espera de lo que sea; lo que venga como quiera es ganancia.
Antón
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