Era de madrugada cuando un ruido constante que parecía un martilleo me despertó. Parecía venir del granero de la finca y era acompañado por un viento que de pronto se tornaba violento y jamaqueaba la ramas de los árboles como queriéndole sacar una confesión. Las sombras simulaban siluetas humanas bufonas y si no hubiese estado acostumbrado juraría que veía demonios y cabros de siete patas. Traté de levantarme, pero no podía; el colchón estaba imantado. Traté de gritar y no pude, estaba en medio de una pesadilla. Una ráfaga de aire frío me azotó la cara y me desperté. El martilleo seguía y había tormenta. Un resplandor de luz se repetía alternando con los martillazos, eran relámpagos lejanos pues no los seguía un trueno. Al fin pude zafarme, me asomé por la ventana y había luz en el granero. Todo era confuso. Miré el reloj y el minutero giraba a una velocidad increíble, pero en contra de las manecillas del reloj y la manecilla que marca las horas me señalaba, había llegado mi hora. ¿La hora de qué? En toda aquella confusión se notaba claramente como una luz descendía del cielo y daba directamente sobre el granero, era azul brillante y en el medio parecía color blanco, se parecía a la producida por una antorcha de acetileno. El ruido seguía y decidí investigar que pasaba. Antes de bajar a la primera planta busqué un viejo fusil de mi padre. Estaba cargado, siempre lo mantiene cargado. Una vez me dijo: "cuando naciste vinieron seres de otros sitios a reclamarme y desde ese día guardo el fusil cerca de la cama." Nunca me ha querido explicar eso de otros sitios. Mi padre no estaba en la cama. Grité su nombre y un eco disonante me hizo soltar el fusil. ¿Qué demonios estaba pasando? Bajé las escaleras corriendo como si algo me impulsara a salir de allí, por alguna razón desconocida antes de abrir la puerta miré hacia atrás, allí estaba mi madre envuelta en una clase de sábanas metálicas. No tenía pelo y sus brazos parecían dos fideos largos que se le incrustaban en donde una vez tuvo las orejas, que ahora eran una especie de embudos de un color extraño. Todo lo demás era normal excepto su boca, no se le notaban labios y era solo una línea. La escena era horrorosa pero parecía estar en paz. Me habló sin abrir la boca. Me pidió calma. Yo en vez de tranquilizarme me desesperé más y salí corriendo hacia el granero. En mi interior algo me decía que allí estaba la repuesta. Con fusil en mano abrí la puerta y para mi sorpresa allí estaba mi padre. Ajeno a todo a su alrededor construía algo. Tres estaban terminados y trabajaba en el cuarto. Eran ataúdes de madera de guayacán. Estaba sudando y me preguntó qué hacía allí. Le explique todo. Preguntó si había visto a mi madre. Del techo bajaba la luz azul y blanca e incidía sobre una clase de piedra cóncava y era la reflejada como una fuente de agua y se dispersaba hacía todos lados. De ella descendían unos seres indescriptibles pues al mirarlos solo percibía unas siluetas pero tan pronto tocaban el suelo se convertían en todo tipo de sabandijas y salían huyendo entremezclándose con todos los cachivaches del lugar. Mi padre seguía trabajando rápidamente y yo asombrado no podía ni hablar.
— ¡No te preocupes solo son cucarachas! Me gritó
— ¡Ayúdame aquí!, dame aquella tapa. Señaló hacia un bulto medio tapado con una manta cosida con sacos de cebollas viejos.
Cuando fui a buscarla dos hombres me miraban curiosamente, un escalofrío me caló hasta los huesos. Sus miradas eran ausentes y aunque no sonreían parecían burlarse de mí. En esos instantes empecé a escuchar una serie de lamentos y gritos y me sentí confundido, no sabía qué diablos pasaba. Oía muchas voces cada una dándome mandatos y de pronto comencé a girar como un torbellino y comencé a levantarme del piso.
— ¡No hagas caso! – gritó mi padre
— Concéntrate en lo qué estás haciendo, trae la tapa.
Haciendo un esfuerzo pude parar de girar y corrí hacia el bulto agarré la tapa. Para mi sorpresa estaba hecha de un material como el vidrio, tenía unos símbolos grabados en ónice y no pesaban casi nada. Corriendo llevé la tapa a mi padre la puso encima del ataúd de guayacán y una fuerza la selló herméticamente.
— ¡Sígueme!, hay que buscar a tu madre.
Salimos a toda prisa y al llegar a la casa mi padre sacó un objeto similar a un cilindro perfecto y lo lanzó hacia mi madre que ya estaba comenzando a cubrirse de una piel similar a la de los gusanos. Al golpearla se oyó un grito infernal y salieron unos insectos voladores que inundaron todo el cuarto.
— ¡No respires! me ordenó mientras apuraba a recoger a mi madre. Su cuerpo descendía poco a poco en medio de todos aquellos insectos voladores. Se oía un zumbido y expelían un humo anaranjado. Salimos corriendo de allí hasta llegar de nuevo al granero. Mi padre pronunció unas palabras y uno de los ataúdes se abrió y allí depositó a mi madre. Volvió a cerrarse y en esos momentos mi madre recobró su apariencia habitual.
— ¡Tienes que meterte! – señalando uno de los ataúdes.
— ¿Pero qué está pasando?-pregunté
— No hay tiempo para explicaciones, acaba y métete.
Sin pensarlo de nuevo me acosté en aquella caja de muerto y cuando mi padre le puso la tapa me fui del sitio aunque mi cuerpo permaneció allí. Viajaba a toda prisa. Iba de espalda sin saber si descendía o ascendía y cada vez aumentaba la velocidad. De pronto me encontré en un espacio vacío y silencioso. Daba la sensación de no existir pero estaba consciente. Seguí flotando sin ningún rumbo. No estaba ni preocupado ni asustado. Realmente estaba omitido de todo. Por primera vez podía dejar de pensar si quería. Me dio la sensación que ya había estado allí, era imposible un Deja Vu pues el sitio estaba vacío. Imposible asociar la parte por el todo. Yo había estado allí. ¿Pero cuando?
Pasó un largo rato cuando de pronto los tres coincidimos en un mismo sitio, flotábamos boca arriba girando lentamente mientras los pies se acercaban y se fundían en uno solo. No podía pronunciar palabras, pero preguntaba qué estaba pasando. Comencé a pensar como mi padre y madre, lo que pensaban me lo transmitían. Poco a poco nos fuimos fundiendo y lo último que atiné a oír fue mi padre que dijo: Estamos a salvo, somos uno solo.
Miguel
Sunday, September 9, 2007
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